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Dolor y vida
lunes, octubre 31, 2005 |
La adversidad de las circunstancias. Es curioso ponerse a pensar en lo que equivocados estamos al hacernos una idea mental sobre la estabilidad emocional. Muchas veces pensamos que lo único capaz de sacarnos a flote es sentirnos (y sabernos) amados, pero no contamos con los innumerables factores u obstáculos predestinados a afectar dicho proceso. Lo peor es que suelen ser demasiados.
Un ejemplo es, como bien saben, el tiempo. El tiempo está omniprescente, el paso del tiempo afecta y se trae abajo muchos paradigmas. Es un estigma universal. Es una tragedia que muchos temen, y hasta son capaces de hacerle un disco entero (sino, miren a Fangoria). Durante el fin de semana me encontré a la búsqueda de información. Necesitaba empaparme de nuevas perspectivas. El único testimonio valedero me lo dio un amigo nerd:
"Cuando no estoy con mi novia, trato de mantener la cabeza ocupada en otra cosa. En mi caso, son los juegos de video. Eso me ayudó bastante".
Claro, para enfermos como él sólo les basta sentarse a perder el tiempo frente a un televisor y dedicarse a matar honguitos, o lo que fuese. Sin embargo, para personas como yo, que todo el mundo (todos los discos, todas las canciones, todas las películas) gira alrededor de alguien, es verdaderamente un caos.
Anoche me puse triste sin razón alguna. O mejor dicho, me puse triste por falacias que atravesaron mis pensamientos. Pero más que nada, por él. Había pasado un día entero sin recibir un mensaje suyo. Sólo me llegaron timbradas. No obstante, pasó un día entero sin poder conversar vía MSN, o por teléfono.
Yo sabía que él estaba allí, pensando en mí. No obstante, necesitaba escuchar la armonía de su voz, o ver los emoticons o las frases escritas en su ventana del MSN. Está bien, pueden suceder peores cosas, pero ¿por qué me afecta tanto? ¿Por qué me es difícil dejar de pensar en su sonrisa, en el tacto de su piel, en sus ojos de perrito, en sus orejas, en su naríz congelada, en el aroma natural de su cuerpo?
Y me puse a llorar, sin más ni más. Su celular estaba apagado, porque intenté llamarlo miles de veces sin respuesta alguna. Debía de estar durmiendo. Y si así fuera ¿iba a despertarlo por cojudeces como "oye, contéstame porque te extraño"? ¿iba a interrumpir su sueño por ñoñerías mías? ¿se molestaría, quizás? Quizás no, aunque tampoco era lo correcto. Lo correcto era decir "bueno, mi novio no se puede poner al teléfono, pero de seguro está bien y mañana lo veré, ¿para qué preocuparme por boludeces?".
Y no pude. Seguí llorando. Lo extrañaba más de la cuenta. Y no habían pasado ni veinticuatro horas desde la última vez que lo ví. Y después me odié a mí mismo por no poder dejar de depender de él, por seguir encerrándome en mi círculo vicioso, por ser incapaz de vivir en paz conmigo mismo. La dependencia es una enfermedad. A veces pienso que debería ir al psicólogo. O deberían existir talleres tipo "Hombres que aman demasiado".
Y lo seguía extrañando. Y las lágrimas continuaban corriendo cuesta abajo. Recordé que habíamos decidido ir por rumbos separados, en pos de la realización personal y profesional. Ya pronto llegaría el día en que partiera de viaje, dejándolo aquí, con el alma en vilo. Yo no creo en las relaciones a distancia, pero había que empezar a creer, porque no quedaba de otra. Teníamos que sacar la relación a flote, así estuviésemos separados en el futuro. Y yo tendría que ser el que de el primer paso. Estar seguro de mí mismo, para no afectarlo. para que se sienta seguro. Y si bien ya me había hecho la idea, caí en cuenta que sería imposible. Lo extrañaría y se me iría la vida en ello.
No voy a poder. |
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Con faldas y a lo loco
sábado, octubre 29, 2005 |
Nunca antes había ido a un desfile de modas. Sí, sí, ya sé, a la mayoría le parecerá atroz que me ponga a escribir acerca de superficialidades cuando ni siquiera he experimentado la superficialidad desde dentro, pero siempre hay una primera vez. La primera vez siempre duele, dicen por ahí, y esta no fue la excepción.
Para ser cronológicamente exactos, hay que retroceder una semana. Me encontraba en mi acostumbrado estado de aletargamiento post-clase aburrida, en la Alianza Francesa de Miraflores, cuando al bajar al patio durante el break, fui asaltado por un arcoiris de colores chirriantes que abofetearon la plomiza humedad de la mañana. Se trata de una expoventa de ropa urbana, de lo más almodovariana y alternativa.
Me bastaron sólo cinco minutos para hacerme amigo de los diseñadores de todos los stands, inclusive de aquellos que sólo ofrecían ropa para chicas, bajo la eterna excusa de ay si fuese mujer usaría esta falda y me quedaría divina. Me encargué de hacer suficientes migas como para que me regalaran gentilmente una invitación personal al desfile del viernes, pues ya había quedado en ir con Daniel y su amiga Lila.
Una vez en la puerta empezaron los problemas. Nos esperaban unos vigilantes nada amables, y una mesa con chicas verificando nombres en unos enormes planillones que contenían la lista de invitados confirmados.
- No pueden entrar, señor. - ¡Pero aquí está mi invitación! - Lo siento, ahí decía bien claro que se debía confirmar la asistencia por e-mail.
Tuvimos que sentarnos en una baranda y esperar a que ingresara toda la crème de la crème, que era de lo más variopinta, entre ellos, un diseñador de modas que había sido uno de mis tantos calentados durante mi etapa voraz, antes de sentar cabeza con mi novio. Al parecer me reconoció, pero nunca llegamos a intercambiar saludos. Después de todo, un choque y fuga no implica necesariamente una amistad.
Nos quedamos, como muchos, aguardando a que la cola de invitados desapareciese. Me sentí en plan de groupie olvidada en concierto de rock venido a menos. De pronto, se abrió la puerta de la esperanza. Apareció Andrea Caracortada, una diseñadora amiga de Lila, con la cual pudimos entrar sin problemas no sólo nosotros, sino también la gente que se quedó afuera. Las chicas de los planillones habían desaparecido. Es muy cierto que quien ríe al último, ríe mejor.
Por supuesto que tampoco era un desfile, digamos, muy chic. La idea de cualquier muestra de clase o sofisticación fue resquebrajada por un ballet (?) de bailarines de dizque hip hop, que interpretaron una vergonzoza secuencia de movimientos rítmicos al compás de canciones pasadas de moda de Sean Paul y Beyoncé.
- ¿A esto le llaman clase? - Quelle horreur! - Más parece un conjunto de technocumbia.
Y lo era, porque el conjunto de baile parecía sacado de un concurso de aficionados llevado a cabo en el Mega Plaza. Pasado el alboroto, pude por fin ver a mi adorada Titi Guiulfo, el epítome de la elegancia. Si algún día me cambio de sexo, de vieja me gustaría ser como ella. ¡Qué regia!
Nos encontramos también con mi amigo Kaboogie luciendo ropa estrambótica, fungiendo de vendedor para el stand de El Gato Espacial. Desde esa posición estratégica, pudimos ver el desfile en primera fila. Definitivamente, aquello fue la apoteosis. Me encantaría reencarnar en una modelo. Edith Tapia, pese al estereotipo, era de lejos la más regia de todas.
Luego de cocktelitos y copitas de vodka con jugo, decidí retirarme del lugar al verme rezagado y sin tener con quién conversar (Daniel y Lila desaparecieron por ahí). Agradecí infinitamente a un par de diseñadoras que se me acercaron a hablarme sobre ropa, hombres y colores. Antes de irme, observé los restos de la fiesta. Una pasarela sin modelos es tan vacía como la indiferencia de los sentimientos. |
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Nacido para comprar
jueves, octubre 27, 2005 |
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Tener dinero en el bolsillo se convierte en un problema. Cuando eso pasa, termino comprando cualquier chuchería, inclusive por el sólo hecho de cambiar un billete grande para recibir, complacido, una montaña de sencillo con el cual llenar la billetera (y de paso, mis bolsillos de atrás). No obstante, por lo general suelo andar sin un duro.
Es más, desde hace un lustro no he podido comprarme ningún CD original. Los únicos que he recibido hasta la fecha han sido regalos de mi novio. El gran dilema es que me gustaría devolverle el gesto pero, sencillamente, no puedo. Tengo demasiadas cuentas qué pagar en casa, tengo toneladas de ropa en el clóset que desprecio porque nunca encuentro qué ponerme y por lo tanto, el poco dinero del que dispongo me lo gasto en más ropa, o en productos para el cabello (qué gay sonó eso).
No obstante, anoche me encontraba paseando por Miraflores, haciendo hora, y decidí entrar a una tienda de discos. Necesitaba preguntar el precio de aquél CD de Miranda! que me quedé con las ganas de regalarle a mi novio por nuestro aniversario. De esta forma, me dispuse a entrar de frente a la sección "rock en castellano".
Ni bien coloco mis manos en las filas de discos, descubro el primer CD de Mecano, el de la legendaria portada blanca del reloj (1982) uno de los pocos que me faltaban para completar mi colección. Desde que tengo uso de razón he visto ese disco en las estanterías, o sea que el precio ya lo conocía de memoria. No obstante, en un impulso inexplicable, lo voltée para buscar la etiqueta del precio. Esto es lo que decía: S/. 25.00 No, el huracán Wilma aún no se dignaba a azotar las costas sudamericanas, al menos no al juzgar por el remezón que sufrí en mis cinco sentidos. Sin creérmelo del todo, con las manos temblorosas (y con el gran pesar de gastarme el dinero inicialmente pactado para un reacondicionador L'Oreal), inicié el corto trayecto hacia la caja registradora, llevando el disco casi al aire, en plan sonámbulo.
- (Necesito) Me llevo este CD. - Muy bien. ¿Boleta nomás no? - Lo que sea.
Ya de arranque el dependiente me había escrutinado con mala vibra. Y es que nadie en su sano juicio compra un CD original ni bien entra a una tienda. Mucho menos en el Perú. Cuando constató el precio del mismo, abrió mucho los ojos.
- Espere un momento por favor.
No llamó a uno, sino a varios dependientes, y de pronto se formó un pequeño círculo alrededor de mí, como si fuese un ladrón. Todos me miraban como quien mira a un vendedor de chocolates transochador.
- ¿Qué pasa? ¿Algún problema? - No, no, caballero... es que no solemos vender discos a estos precios... tan bajos, ¿sabe? - ¿Entonces... no me lo va a vender? - Espere, estamos llamando al encargado.
Pasaron cinco minutos. Vino el encargado, dándoselas de enteradísimo.
- No, señor, disculpe, es un error. Ese disco cuesta 48 soles. - Pero la etiqueta dice 25. - Ya, pero se deben haber equivocado. - ... - ¿Lo va a llevar? Son 48 soles, por favor. (extendiendo la mano).
Su puta madre le pagaría 48 soles. Yo, ni cagando.
- ¿No podrían llamar a alguien más? Porque yo no me muevo de acá hasta llevarme ese disco. - A ver, un momentito... - ¿A quien está llamando? - Al dueño.
La gente, entre divertida y borde, nos miraba de reojo. Si no fuese una oferta tan ofertada, hace rato que me hubiese ido. Pero mi ideal de ser (seguir siendo) fan a morir de Mecano, pudo más.
- Sí, lo siento señor, estaba en lo cierto. Son 25 soles.
Saqué el dinero que llevaba pegosteado de sudor en el bolsillo de la casaca y se lo entregué. El empleado ni siquiera lo tocó. Mi dinero dejó una mancha húmeda de sudor sobre la superficie del mostrador. Colocó el disco en la puta bolsa y me lo entregó sin mayores aspavientos. No iba a decírselo, pero al final, era una oferta y había que agradecerle pese al trato y a la mala experiencia.
- Gracias.
El atorrante ni siquiera correspondió mi saludo con el usualmente amable "a usted, caballero", sino que se volteó para mirar a sus compañeros con cara de yatodopasó. Palpé mi morral. El reluciente CD se agitaba allí dentro. ¡Mierda qué emoción! Me esperaba absolutamente todo... ¡TODO! La parsimonia de abrir la bolsa plástica, razgar el sello de fábrica, aspirar el olor del papel couché, el delicado sonido del disco al salir de su caja por primera vez... No sé si amarme a mí mismo más que a mi suerte.
*Inicialmente iba a colocarles aquí la portada del CD, pero es bien sabido que está considerada (hasta por mí) como una de las peores portadas de discos de la historia. En su lugar, colocaré la de su primer single en vinilo, que debió ser la elegida para el álbum.
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Un Día Sin Sexo
miércoles, octubre 26, 2005 |
Normalmente no suelo hacer comentarios sobre cine fuera de mi labor como crítico para la revista "Erecciones Generales", pero la ocasión lo apremia. Anoche fui con Barbie Túrica a ver "Un Día Sin Sexo", la última película peruana en cartelera, dirigida por Frank Pérez-Garland, un chico con pinta de Steven Soderbergh que fue mi jefe de práctica en un par de cursos de la Universidad. Si mal no recuerdo, en Post-Producción Audiovisual y otro taller más.
Aquello resulta un tanto curioso, porque es precisamente allí donde podemos encontrar las mayores taras de la película. Un ritmo algo insufrible e inconstante, a la par con cierto desinterés hacia la mitad del metraje, y lo más importante, errores imperdonables de raccord y continuidad. Aparte de las fallas técnicas, existe un cierto deslucimiento en la puesta en escena. Una mirada ingenua quizás.
No obstante, la película vale porque a las finales resulta conmovedora y muy (pero muy) verdadera. A diferencia del bodrio llamado "Mañana Te Cuento" (todo un esperpento que ni merece ser mencionado), uno se ríe de buena gana, y sobretodo se identifica. Existe una escena muy bien lograda, donde Vanessa Saba y Paul Vega, desnudos en la cocina, se ponen a discutir los problemas de su relación.
Se trata de un plano larguísimo, de casi diez minutos de duración, sin cortes, en la que ambos, en una excelente actuación, tienen la absoluta libertad de soltar su texto como un dedo en la llaga. No sólo me identifiqué con Vanessa, sino que estuve a punto de soltar una lágrima. Quizás en el fondo, mis sentimientos sean más lo de una mujer que de un hombre.
Vanessa: Quiero saber por qué carajo las cosas no son como antes. Por qué mierda me siento un objeto más de esta casa. Por qué me siento una silla. ¿Por qué ya no me dices que me quieres? Paul: Porque yo tampoco te lo tengo que decir a cada rato. Vanessa: Pues me haría bien escucharlo de vez en cuando. Paul: Las relaciones cambian. No se quedan nunca igual. Vanessa: Necesito escucharlo. Paul: ¿Qué quieres que te diga? ¿"Hola amor, te extraño un culo cuando estoy en el trabajo"? Vanessa: ¡SÍ! Paul: ¿Sabes lo que pienso? Que a veces me gustaría que no necesitaras tanto de mí.
Sabias palabras, Vanessa. La película no es la gran cosa, pero se las recomiendo de veras. |
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El arte de decir que no
martes, octubre 25, 2005 |
Me pareció extraño mirar atrás y no ver ningún automóvil por los alrededores. Tampoco habían personas. Por una vez, suspiré al encontrarme completamente solo en medio de la acera. Pero ni aún así disminuí el paso, ni saqué las manos de los bolsillos. Las líneas del pavimento se multiplicaban como jeroglíficos, similares a los garabatos que se hayaban inscritos en mis pensamientos. Me sentía absorbido por alguna dimensión etérea, como en esas películas donde el protagonista regresa al lugar preciso del que partió, al inicio de su jornada; o esos sueños esporádicos, cuyos lugares y demás personajes se transfiguran con el fondo, dejándolo en el epicentro mismo de una plaza de calles e individuos sin formas definidas.
Después de todo, eran casi las diez de la mañana. No había que exigirle demasiado al tiempo. Aunque el tiempo, minutos antes, se agotó. Mi conciencia también. Sólo recordaba sus últimas palabras, que remitían, una vez más, al tiempo. Me sentí un meteorólogo. Había pasado un par de horas convenciéndome a mí mismo de que no pasaba nada, pero más tardaba en repetírmelo que en escatimar en esfuerzos inútiles. El daño ya estaba hecho. Sólo quedaba esperar.
Para distraerme, entré en la primera tienda de discos que se cruzó en mi camino. Tenía ganas de pasar de todo, inclusive de los vendedores que se acercaban a ofrecerme su ayuda. En la huída tropecé sin querer con un hombre alto. Me limité a pedirle disculpas y a sumergir la mirada en las hileras de discos que se encontraban frente a mí. El hombre no me quitó la mirada, al contrario: siguió observándome con interés. Pensé que se trataba de otro intolerante dispuesto a burlarse de mi forma de vestir, como acostumbra a ocurrir. No obsante, al corresponder la supuesta mirada inquisidora, me encontré con dos pedazos de cielo.
Debía tener un poco más de treinta años, y era alto, muy alto. En una fracción de segundo acabé de definir lo que más le gustaba de él: sus ojos y su altura. El resto de cosas, como su sonrisa plagada de dientes níveos, las descubriría después, al aceptar un café como agradecimiento por haberle ayudado a encontrar el disco de Susana Baca que tanto estaba buscando. Y lo acepté porque, a fin de cuentas, era sólo un café. Nos sentamos en la sección de no fumadores de un café al que solía ir cuando me agarraba la melancolía.
Se llamaba Benoît y estaba muy orgulloso de haber nacido en Bruselas. Eso fue lo único que pude rescatar de su avalancha de francés aceleradísimo. No obstante, me sorprendió más cuando sacó el disco de Susana Baca que le ayudé a encontrar, y me pidió que le firmara una dedicatoria, alcanzándome una estilográfica muy fina. Cometió un gran error, porque yo con una pluma o con un teclado delante, no hay quien me pare. Escribo lo que me sale del alma, sin poner reparos en la sinceridad. Y fue precisamente eso lo que puse. Que no habían pasado ni cuarenta minutos desde que lo conocí, y que sin embargo ya estaba fascinado por aquellos ojos celestes y esa amplia sonrisa de dientes pálidos.
Pensé que se horrorizaría, o que me saltaría encima, lo cual en verdad deseaba en esos momentos. Pero lo leyó con una mueca de auténtica devoción y volvió a acomodar el folleto recién escrito dentro de la caja del CD. Creí prudente agradecerle por el café, aprovechando el derroche de buenos deseos para irme de una vez, pero ni él ni yo pudimos movernos de nuestras sillas. Nos quedamos departiendo una hora más, al término de la cual pasó lo que tenía que pasar.
Habían bastado dos horas, sólo dos horas para dejar de pensar en todo, y ponerme a barajar las posibilidades de echar un polvo con él. En primer lugar, lo necesitaba, pues acababa de tener una discusión terrible con mi novio y hasta habíamos hablado de terminar. En segundo lugar, oportunidades como esta no se me presentaban todos los días. Y ni bien lo pensé, me arrepentí. No podría soportar una infidelidad, así estuviese quemándome por dentro, como en efecto estaba sucediendo.
Benoît sugirió caminar un poco para estirar las piernas. En cambio yo tenía estirada otra cosa. Caminando a su lado me sentí como un párvulo en edad de amamantar. Su espigada altura prolongaba mis fantasías. Me preguntaba como se sentiría tenerlo encima de mí, con esas piernas sobre la cama, tendidas como un par de bloques de concreto. Comencé a tener otra perspectiva del environement. La primavera nos lanzaba los primeros rayos de sol de la mañana. El calor primaveral ocasionó que se soltara un par de botones de la camisa. Oh maravilla, salió a relucir una jungla de vellos rubios que corroboraron mi malestar: quería perderme en la inmensidad de ese cuerpo, y quería hacerlo ya.
Pareció tener dotes de clarividencia, poque finalmente sugirió ir a su hotel, que quedaba unas pocas cuadras más allá, para "descansar" de nuestro largo paseo. Y ya para ese entonces me había hecho la idea de que iba a ser infiel. Por lo tanto, quería terminar de una vez por todas con ese suplicio. No me ocuparía de él, ni de nada material. Sólo de mí. Sería como una autocópula. Y ni por eso dejé de sentirme mal. Ni siquiera cuando ya estábamos dentro de la posada para turistas donde se hospedaba y mirábamos la televisión. Mejor dicho, él la miraba, porque yo lo miraba a él. Benoît comprendió de inmediato lo que ocurría.
Sin confesármelo directamente, pude leer en sus ojos el significado de su temor. El miedo lo delataba. No hicieron falta palabras para entenderlo, pues aquello era mucha coincidencia. Ambos estábamos como un par de desterrados en el desierto de la incertidumbre. Creí prudente corresponder su sinceridad con la noticia de que yo también tenía novio, y que debería irme en ese mismo instante, pues me aterraba lo que fuese a suceder.
Recogí mi morral del mueble, mientras él me esperaba en la puerta con verdadera melancolía. Nos fundimos en un abrazo de mutua necesidad, como dándonos fuerzas de flaqueza. Y fue el segundo error, porque prolongamos el abrazo hasta el dormitorio. Nos recostamos en la cama, abrazándonos con fuerza, durante casi media hora. Pude sentir su respiración, el tacto de su cuerpo, el deseo que intentaba reprimir. Mi erección se frotó con su cintura, y él fue lo bastante delicado como para no mencionarlo. En mi mente, le di las gracias. No era pecado excitarse. La noche cayó, haciéndonos reparar en el paso del tiempo, terminando con el abrazo y nuestro affaire de una tarde. Salí de aquél departamento sin mirar atrás, sin dejar ningún teléfono, ninguna dirección, con el deseo oculto que él también olvidara lo que ocurrió.
Me encontré nuevamente sin rumbo fijo. Pero ya estaba de vuelta en la realidad. Como primer signo de reconciliación con la cotidianeidad, prendí el celular que apagué cuando fui a tomar el café con Benoît. Habían 5 llamadas perdidas de mi novio, y un mensaje pidiéndome que lo vaya a recoger a la salida de la universidad. Al sentir la angustia entre el mar de estudiantes que salían de clases, y al ver su sonrisa en medio de la borrosa neblina de la noche primaveral, comprendí que las divergencias habían tomado la brecha del olvido. Y retomé, junto a él, lo que había dejado atrás. El camino de la felicidad.
UPDATE: Acabo de inscribir este post para el concurso. De resultar ganador, espero que me den mucho más que un polo extra large. Por cierto, Vodkita y "la Human" se ven regios.

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¿Cómo mamarle la polla a una chica?
lunes, octubre 24, 2005 |
Generalmente, cuando formalizas una relación, pasan dos cosas. O bien eres absorvido por el grupo de amigos de tu novio (y prescindes de los tuyos) o viceversa. Salvo que, como en mi caso, ambas partes posean una caterva de amigos con lazos previamente desconocidos. Dichas conexiones suelen aflorar cuando mencionas a fulano o a mengano, y tu novio se apresura en responder "ahhhh, fulanito es el ex-enamorado del primo del mejor amigo de la prima de la amiga de mi hermano", o alguna extensión interminable por el estilo.
No obstante, el viernes salimos con nuestros amigos bloggers, Percy y Diego. Fuimos a comer pizza al "Papa Johns" de Espinar, pues Percy estaba festejando el cumpleaños de una amiga suya que nos presentó ese mismo día. La chica era en verdad linda, ¡y qué tetas! Ese fue el verdadero tema de conversación durante la sobremesa. Al final no nos enteramos si había ligado con ella o no, pero le dimos el sello de aprobación de nuestro grupo. Nos hace falta con urgencia una chica así de regia entre nosotros, a falta de la Helefante. Y con esas tetas.
- ¿Aló? - ¡Valor, hija, valor! - ¡Funky! - Oye perra, estoy en Shell tomándome unas chelas con la Addy. ¿Te vienes? - Pero, pero... estoy acá con la niña y con dos amigos bloggers que encima son straights. - No importa. Cualquiera se vuelve gay con unas chelas en el buche, y con nosotros peor. - Sale y vale.
De manera que enrumbamos a encontrarnos con Funky y Addy Possa, quienes festejaban la ruptura sentimental de Addy gracias al desafuero etílico, en un chupódromo cercano al Oso Bar. Ni bien llegar nos dimos cuenta que la cosa iba en serio, porque no sólo estaban borrachísimos, sino que también estaban desafiando su capacidad de aguante.
Como siempre, Percy no se quedó atrás y acabó cuasi ligando con Addy Possa. Al menos eso pude concluír después de ver cómo intercambiaban números de teléfono. Personalmente no me gusta interactuar con gente alcoholizada, excepto cuando se ponen más divertidos con algunas copas de más. Funky dejó aflorar a la drag queen que lleva desde siempre en la venas, y Addy Possa se la pegó de lesbiana activa con ansias de implante de pene.
Arrimaron algunas sillas y se pusieron a bailar allí mismo una canción de Ana Bárbara. Al principio arrugué la nariz, pero después me oriné de risa, como todos los que presenciaban la escena. Había que reconocer los huevos de ambos para hacer semejante ridículo. No obstante, lo peor fue cuando, sudadísimos (y arrechísimos) , volvieron a nuestra mesa a sentarse uno encima de otro, con ganas de seguir armando escándalo.
- Funky, ¡chúpamela! - Pero Addy... - ¡Chúpamela!
Funky se metió debajo de la mesa e inició una exitosa mamada de mentirilla, mientras Addy, poseída por la emoción del momento, intentaba gritar como un verdadero semental al borde del orgasmo. A la mayoría de los asistentes les pareció demasiado. Para mí quedó resuelto que las mujeres saben divertirse más que los hombres. O al menos, tienen más huevos, sin siquiera tenerlos físicamente. |
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Grabaciones legendarias - Cap. 4
sábado, octubre 22, 2005 |
Caso: Jairzinho & Simony - "El amor no tiene edad" (1987)
El primer atisbo de esta canción me viene en forma de un videoclip precario, con una escenografía de ensueño (y de papel crepé) escandalosamente falsa, donde aparecía un morenito con african look. En un principio pensé que se trataba de una grabación solista de Michael Jackson realizada durante su infancia, la cual habría salido a la luz luego de muchos años de silencio, pero existía una particularidad: el morenito en cuestión no sólo era más bonito que el futuro rey del pop, sino que además resultaba agradable a la vista.
Junto a él cantaba una niña lánguida y tiesa, tan falta de gracia como un pez muerto, y que si no fuera por el vaivén de sus piernas hubiese pensado que era inválida. Ambos interpretaban una canción melosa que de inmediato se coló entre las preferencias de las secretarias de mi padre, gracias a una sintonía indiscriminada en las radios locales de amplitud modulada.
Por esa época escuchaba Indochine (en realidad toda mi vida he escuchado Indochine), más aún porque el mítico cassette del concierto en el "Au Zenith" se convirtió en uno de los más vendidos de aquél año. No obstante, aún quedaba grabada en mi memoria la tierna melodía de amores infantiles, interpretada por el ya mentado Michael Jackson wannabe y la niña idéntica a Clarita de "Heidi". Abuelito dime tú.
Aquella canción tuvo un éxito estrepitoso en las representaciones escolares de fin de año. Y, curiosamente, nunca me compraron el vinilo. Quizás porque en el fondo creía que mis padres se burlarían de mí si les pedía que me regalaran un disco con una portada y un contenido tan homosexual. Como suele suceder, la vergüenza ajena pudo más. No era correcto que un niño bien anduviese escuchando canciones suavecitas en el tocadiscos de su cuarto, y peor aún, a solas.
En realidad, eso era precisamente lo que hacía: me encerraba con la radio AM, esperando que repitiesen dicha canción para alucinarme como la niña pánfila, sentándome sobre la luna de papel para acariciar a consciencia y sin descaro alguno la entrepierna del negrito (quizás ya a esa edad podía haber sido superdotado). Por supuesto que luego mi imaginación infantil extendía la alucinación, y jugaba a ser Dorothy Gale de "El Mago de Oz" con las trenzas desenredadas, muy dispuesta a probar el hacha del hombre de hojalata.
Debo reconocer que dudé mucho antes de poder compartir este recuerdo, pero la fantasía de Dorothy Gale ha sido compartida por personalidades del calibre de Rufus Wainwright, o sea que tan patético no es. Lo que sí es patético es que, a casi veinte años de haberla escuchado por primera vez, haya descubierto por fín el significado intrínseco de sus estrofas. El amor no tiene edad. Vaya fantasía pedófila. Gracias, garotinhos.
Fan service: Y por partida doble, la canción la pueden escuchar en el MUSICATION de la columna izquierda, o bajársela haciéndo click aquí.

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Los chicos buenos no ligan
viernes, octubre 21, 2005 |
A estas alturas todos en mi clase de francés saben que soy faggy. Hasta el profesor, que cada vez que entro al salón, fuerza una mueca en conjunción con un agitamiento involuntario de su labio inferior, como debatiéndose entre las probabilidades del análisis de mi indumentaria, intentando saber si soy o no soy. En cuanto a las chicas, sencillamente les doy risa, quizás porque encuentran divertida la doble connotación de mi extravagancia.
El único que no lo sabe, o al menos finge no saberlo, es un chico muy guapo. Decir chico es mucho, porque tendrá menos de veinte años y es pequeño de contextura. Se llama Melo Commo. Tiene orejitas de ratón y ojos prominentes, expresivos, rematados con un par de leves ojeras que le insuflan un airecillo misterioso. Lo curioso es que Melo Commo suscitó una ligera llamada de atención de mis instintos pedófilos. No obstante, vade retro satanás. Como diría Funky, soy una mujer casada.
Hoy, sin embargo, a la salida de clases, cuando fui a Plaza Vea, me lo encontré en el empaque central. Era la primera vez que me dirigía la palabra.
- Hola Cyan. - Em... hola. - ¿Qué haces acá? - Pues ya me ves, voy a comprar. - Yo también. ¿Me acompañas? - Em... ¿por qué no?
Me pareció extraño tanto interés. Aunque su actitud fue de lo más bizarra, no porque fuese un enfermo, sino porque conmigo estaba demostrando que no era tan antisocial como en clase. No quería exagerar, pero me puse a sospechar que quizás i'm still in the market.
- Cyan, ¿tú qué compraras? - Pilas. - Pero ayer también las compraste. - Sí. - Y anteayer. - ¿Ah? - ¿Todos los días compras pilas?
Lo dijo con una sonrisa pícara. ¿Es que acaso se da cuenta de lo que compro? ¿Tan evidente es mi bolsa de Plaza Vea con pilas cuando regreso al salón después del break? ¿Por qué estaba al pendiente de mí? ¿Sería presa, acaso, de mi personalidad arrolladora? ¿O, para variar, sería otro de los que se obsesionan conmigo?
Pisa tierra, mujer.
Al llegar a la caja registradora, estiró el brazo para coger un ejemplar matutino de Perú21.
- Em... ¿lees Perú21? - Sí... ¿qué tiene de malo? - No sé... los chicos de tu edad como que suelen comprar El Bocón, Líbero o esos periódicos de puro fútbol. - Es que no me gusta el fútbol.
Suenan las campanas. Primer indicio de traqués. Lamenté no tenerle la confianza suficiente de preguntarle si le gustaba Madonna, porque esa pregunta es la que suele definir cuán homosexual es un hombre. La segunda es ¿usas gel?
- ¿Usas gel? - Un poquito, para pararme el pelo. - Qué chido. Está un poco punk. - Me gusta así.
Madonna, tenía que preguntarle sobre Madonna...
- ¿Tú qué estudias, Cyan? - Yo soy CINEASTA. - ¿En serio? ¿He visto algo tuyo? - Bueno mi primer corto, "La Guerra de los Cosméticos", está casi listo para su estreno. - ¿En 16 milímetros? - No, hijo, en digital. Tengo plata pero no tanta.
Se las daba de enterao y eso era bueno, porque no todos los chicos guapos y con clase suelen ser tan eruditos. Yo me sentía fatal de no poder meter a Madonna en la conversación.
- Bueno, me tengo que ir, nos vemos mañana, Cyan. - Ya, cuidate.
Me dio una palmada en el hombro y se fue caminando por Petit Thouars. Esos jeans le quedan regios, pensé. Me faltó darle las gracias por haberme subido el ánimo. Esta juventud está cada vez más alocada. |
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Como una vaca sin cencerro
jueves, octubre 20, 2005 |
Almodóvar fue muy sabio al colocar dicha frase en labios de Chus Lampréave, la madre de Marisa Paredes en la ficción, en la película "La Flor de Mi Secreto", para describir la aflicción del desamor.
Terminarás como una vaca sin cencerro. Perdida por la vida, sin rumbo.
Anoche estuve así, a punto de perder la razón. Me estremecí al comprobar hasta qué punto puede llegar mi alteración. Sentía que me faltaba el aire, como un asmático sin esperanza. Pero lo que más me asustó fue la punción muy cercana al pecho.
Alguien podría haber estado haciéndome vudú. Lamentablemente, las agujas me las clavé yo mismo. Me encontraba al borde del colapso, temblando. Nunca antes había temblado así. Pensé que me iba a dar un ataque de catalepsia, o lo que es peor, un ataque al corazón. Un dolor muy palpable, como una aguja ponzoñosa, me agujereaba el abdómen, a la altura del corazón. ¿Así se muere la gente?
No quise buscar ayuda. Tuve la certeza que no amanecería con vida. Mi abuela se cansaría de aporrear a la puerta y pediría ayuda a los vecinos. Y me encontrarían tirado sin vida en el piso.
Muerte natural le dicen.
Homicidio inconcluso, sin armas. Las únicas armas son las de los sentimientos. De él, y los míos también. |
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The Eliza Leegan Complex
miércoles, octubre 19, 2005 |
Patty Neta tuvo la amabilidad de venir a visitarme trayéndome una noticia bomba: la pobre acababa de ver la luz en Polvos Azules. Pensé que habría encontrado a su futuro marido entre los puestos de piratería, pero no. Se había comprado un DVD con los 20 primeros capítulos de Candy Candy, aquél anime que traumatizó a toda una generación de párvulos, incluyéndome a mí. Recuerdo perfectamente el trágico día en que fue emitida, sin anestesia, la muerte de Anthony. El grito del querubín al caer del caballo, extendido en un horroroso eco que mezclaba la imágen congelada en la pantalla con la dantesca expresión de Candy al borde del colapso, fueron demasiado para mis aún inexpertas neuronas. No sólo apagué el televisor con mi manito temblorosa, sino que tardé 3 días en recuperarme de la pérdida de mi ídolo de la infancia, haciendo con una mano en el pecho, la firme promesa de no volver a ver la serie nunca más.
La promesa la cumplí a medias, porque durante las innumerables repeticiones de la serie, pude ser testigo de algunos capítulos sueltos. De otra parte ya estaba crecidito, tendría unos 13 años y me parecía una estupidez no volver a ver un anime que arruinó mi niñez de semejante manera. Es de esta forma como podría sustentar la teoría de ser el único sudamericano de base dos que no se ha enterado del final de Candy Candy, ni mucho menos de la existencia de ciertos personajes que aparecen luego de la muerte de Anthony, como el archifamoso Terry.
Por eso, estos últimos días he dedicado mis ratos libres a revivir las aventuras de Candice White Andry, en un DVD medio telaraña, pues los capítulos han sido grabados de la televisión, tienen un pésimo sonido monoaural y la comprensión de imágen ya es de por sí atroz.
Ahora ya puedo decir que mi personaje favorito no es Candy (nunca lo fue) ni Anthony (pese a que lo idealicé como el marido perfecto) ni el galanazo de Stir (a mi parecer el personaje más guapo del anime, sus gafas son tremendas)., sino Eliza Leegan. Sí, la niña altanera de largos bucles y trenzas, que le hacía la vida imposible a la descafeinada heroína. De inmediato me identifiqué con ella. No sólo es una chica de armas tomar, sino también muy astuta, aunque pésima actriz. Sus mentiras nunca le salieron bien.
El capítulo de la llegada de Candy a la mansión de los Leegan podría ser arrancado fácilmente de mi álbum personal de recuerdos. Yo solía ser como Eliza cuando niño. Aparte de alucinarme lo máximo (no he cambiado mucho, por cierto), me dedicaba a pisotear a mis compañeros del colegio. Ni qué decir en casa. Recuerdo que cuando mis primos iban a visitarme, yo era incapaz de prestarles mis juguetes. Los miraba por encima del hombro. Una vez me pidieron que jugara con el hijo del gasfitero. Arrugué la naríz y me ocupé de hacer imposible su estancia en mi habitación.
Claro que los niños solemos estar desconectados del mundo, más aún cuando somos hijos únicos. La burbuja en la que vivimos se prolonga hasta alcanzar otras esferas de la edad. Eliza fue víctima del entorno, de una madre regia más mala que ella misma, y de un hermano homosexual reprimido. No le reprocho a Eliza sus motivaciones tiránicas. De alguna forma u otra hay que ganarse un lugar en la vida. A pesar del paso de los años, sigue cayéndome muy bien. Deberían dedicarle una serie entera. |
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Ces mots stupides
martes, octubre 18, 2005 |
Ni bien te levantas piensas en él. Aunque ya desperezándote, al abrir los ojos, te has acordado de él. Porque él está siempre presente allí, muy dentro de tí, a pesar de que no esté a tu lado. A fin de cuentas es como si lo estuviera. Es como una manera de respirar, lo asimilas, te acostumbras a ello. Te volteas y ves a hora en el celular. Las siete de la mañana.
Es muy tarde.
Una acurrucadita más.
No puedes. Ya en ese instante, todo es él. Pero TODO. ¿Qué estará haciendo? De seguro, aún durmiendo. Te lo imaginas inmerso en el sueño, con los ojos cerrados, y se te oprime el corazón por no estar allí para verlo. Para disfrutarlo. No obstante, te diviertes imaginándote cómo sería. Sus pestañas parpadeando al compás de los latidos de tu corazón, mientras se despereza, haciendo aquella mueca graciosa e infantil que provoca que te pongas a escribir novelas apasionadas y chochis. Esa es la misma mueca que pone cuando le das besos en la naríz. Y ya no puedes vivir sin ella.
Bostezas. Te amo. Volteas a sumergir la mirada nuevamente en el celular, para comprobar que te haz pasado cerca de cinco minutos pensando en chorradas y todavía estás entre las sábanas. Te amo. Ahora sí es tarde, lo que se dice TARDE. Ya no te importa. Te amo. Alcanzas la polaroid que descanza sobre la mesa de noche. Allí está. Te sonríe con la sonrisa infinita de oreja a oreja. Te acuerdas del día en que la tomaste. ¿Qué bien la pasamos, no?
Vuelves a ver la foto. Qué pequeño es. Su sonrisa puede adquirir mil y un contrastes. Sin embargo, sigue siendo la misma sonrisa con la que te conquistó cuando fueron a comer en la segunda cita y se ponía nervioso y buscaba tu mirada a como diese lugar. Ya es tarde. Dejas la foto en su sitio y partes hacia la azotea para prender el calentador de agua. A medio camino regresas para ver la foto por última vez. No te arrepientes.
El chorro de agua caliente acaba de despertarte. Recuerdas la ocasión en que se bañaron juntos e inundaron media casa. Buscas su cuerpo por entre las mayólicas y azulejos, por entre la cortina inmunda, por entre la espuma del jabón. Y estás seguro de que está por allí, en alguna parte. Te amo. Te secas con la toalla de colores y tienes una erección. No le haces caso. Continúas secando el resto de tu cuerpo, restregando con fuerza sobre tu piel, alcanzando el calzoncillo que está en el suelo y poniéndotelo aún con la erección firme. Tienes ganas de tocarte pensando en él.
Pero no puedes porque ya se te hizo tarde. Te miras al espejo y vez su reflejo sobre el tuyo. Sus ojos sobre tus ojos, su sonrisa en tu sonrisa. Te amo. Y descubres que no importa absolutamente nada, porque estás enamorado de la cabeza a los pies, y no hay marcha atrás. Posas el peine sobre tu peinado horrible, que pese a que está horrible a él le encanta. Sólo a él es capaz de encantarle. Sólo él te quiere como quieres que te quieran. Y sonríes como él. Con la sonrisa de la Rana René.
Sales del baño a ponerte tu anillo de bodas, o aquél brazalete pop que sacaste de su dormitorio sin permiso. Sientes que es tu dueño. Eliges la jukebox para el camino. Algo ligerito, nada de ruido, nada de petardadas. Sólo algo melódico. Te cuelgas el morral al hombro. Es muy tarde. Tomas desayuno a la volada. Es tardísimo. Sales de casa y recorres aquél camino que recorres junto a él cuando viene a visitarte. Y tienes la seguridad de que pensarás en él todo el día. Porque a eso, lamentablemente, se le llama estar enamorado. Y no necesitas nada más. Y así te quieres quedar. |
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Google Earth Porno
lunes, octubre 17, 2005 |
Los domingos suelen ser muy aburridos. Aunque no para todo el mundo. Tengo la suerte de estar rodeado de gente loca. Amigos locos. Amigas locas. Amigos locas. Novio loco. Los que conforman mi cerrado círculo de amistad se caracterizan, además de ser locos, porque me hacen reír cuando más lo necesito.
El tema que más me atormenta últimamente es el de mi pelo. No me canso de decirle a todo el mundo lo atroz que está. Pero Funky ese día se puso a hablarme de Google Earth. ¿El qué? Los temas informáticos (a no ser que sea la web de Cosmopolitan) me parecen cosa de nerds, y eso no es chic. Me tiene sin cuidado todo lo que tenga que ver con linux. Mejor dicho, a toda acepción tecnológica o informática que desconozca le respondo con mi típico ah, seguro es algo de linux.
Pero no.
Yo: Perra, ¿qué haces? Funky: Estoy viendo Google Earth. Yo: No me gusta el linux. Funky: No es eso, tonta. Yo: ¿Entonces? Funky: Es una paginita que tiene como un satélite que toma fotitos desde arriba, y puedes ver de todo, hasta tu casita. Yo: Me parece MOSTRO.
Suficiente tenía con una aburrida mañana de domingo como para estar aguantando tonterías de nerds. Me molesté.
Yo: Perra, salgamos a almorzar a algún sitio. Funky: Es que estoy en el Google Earth marcando todos los lugares donde he tirado.
Clasificado como lo más gay y chistoso que he escuchado en meses. |
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Cambio de look
domingo, octubre 16, 2005 |
Me atreví a cortar mi larga melena, haciendo justicia a las leyes de la naturaleza insípida, pues de un tiempo a esta parte TODOS se confabularon a hablar mal de mi cabello, como si fuesen expertos en cosmetología. Si tus compañeros en la clase de francés opinan que a tu pelo le falta vida, es porque verdaderamente algo anda mal. Si tus amigos más cercanos comentan que tu pelo está atroz, entonces la situación debe estar tirando para patética. Pero si hasta tu novio tiene el descaro de decir que te hace falta un reacondicionamiento urgente, entonces la cosa debe estar tirando para patética.
El efecto del tinte fue sólo flor de un día. A la siguiente lavada, mi pelo volvió a adquirir su tosquedad lacónica. Uno podía encontrar de todo, desde puntas resecas hasta esponjosidad exagerada. Mi cabello es como un barómetro que funciona a la perfección con las inclemencias del invierno. De ser así, me atrevería a asegurar que éste último invierno ha sido el más frío y húmedo en muchos años. Y después de todo, la única víctima de esta ola de grados bajo cero (as if) es mi pelo. La cadena de tiendas Ripley, en vez de promover campañas para llevar frazadas a los pueblos más necesitados, debería aunar esfuerzos para tentar una iniciativa tipo "Salvemos al pelo de Cyan" o algo por el estilo. La finalidad sería, claro está, esperar generosos donativos de las casas más importantes, como L'Oreal, Bed Head, Paul Mitchell o Sebastian.
Opiniones recogidas por los especialistas en temas cercanos a mi propia vida:
"¿Tu pelo está quemado o qué?" - Chica del Villa María que estudia francés conmigo. "¿Ah, qué, no es una peluca mal lavada?" - Funky, mejor amigo. "Este pelo está muy recalcitrante y visceral" - Ana Conda, opiniones desde el borde. "Rápatelo" - Anne Horexia, sinceridad al límite.
Por eso decidí finalmente tomar riendas en el asunto. Ir a un salón de los que iba antes era una locura, considerando el vaivén de mi economía. No obstante, Ana Conda me pasó el dato de una peluquería en un lugar recóndito de la Av. Caminos del Inca donde el corte estaba 15 soles. Además una de las peinadoras era caserita suya, y creadora de su look Nicola Sirkis/Brian Molko. Cualquier cosmetóloga que haya entendido la verdadera filosofía recalcitrante de Ana Conda se merecía el premio nóbel. Así, me animé a escogerlo como el lugar perfecto para mi cambio de look.
La chica fue un amor, aunque se reía demasiado. Me enseñó montones de revistas con peinados modernos, y escogí un modelo retro.
Chica: ¿Ya pero... así igualito te corto? Yo: Si puedes hazlo más indie. Chica: ¿Más qué? Yo: Em... no sé. Como que más sesentas. Chica: Ja. ¿Como Ringo Starr? Yo: Puede ser.
Claro que existe una diferencia abismal en el peinado 66 de Ringo Starr y en lo que finalmenté quedó de mi melena. No obstante, en un primer momento me gustó el resultado.
Opinión post- cambio de look:
"Se te ve chistoso" - Ana Conda reconfortante como siempre. "Te han cortado tipo casquito" - Funky diciendo las cosas sin anestesia.
Llegué a mi casa luego de un largo día de tristezas, mal humor y aclaraciones vertiginosas, y me miré al espejo. Por adelante se me veía muy Amélie. Por detrás, se me estremeció el cuerpo al ver que el efecto resultante asemejaba al escalofriante (y vapuleado) peinado honguito del 93. Dios Santo.
Ahora puedo decir que mí pelo está atroz. Felizmente no tardará mucho en crecer. |
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Tierra tiembla
sábado, octubre 15, 2005 |
Recuerdo que cuando era niño, los temblores me parecían lo máximo, sobretodo cuando ocurrían de madrugada. En esas ocasiones la familia entera coincidía en el primer piso, tras una huída simultánea desde los dormitorios, y uno podía verlos en el esplendor de su intimidad. Porque hubo de todo, desde mis padres saliendo del cuarto en paños menores, mi madre acomodándose el sostén para no tener una teta afuera (el temblor debió agarrarlos in fraganti), hasta mi abuela en ruleros, como una especie de ballena blanca en camisones muy sesentas, que parecían los manteles que llevábamos a Huampaní cuando nos íbamos de camping. Ni qué decir de mis primas, que dormían semi desnudas y llegaban corriendo embutidas en camisetas cortas y calzones mochita, desde donde se traslucían sus toallas higiénicas o los hilitos de sus tampax. Escalofriante.
Felizmente, puedo jactarme de mi juventud lozana y rozagante, pues hasta la fecha no he vivido ningún terremoto, aunque hemos estado cerca un par de veces. El temblor más fuerte del que tengo memoria ocurrió en el 91. La casualidad quizo que faltara al colegio aquél día y me quedara en cama a causa de una gripe asiática. Me encontraba encantado de la vida comiendo corn falkes y viendo Aló Gisela, cuando de repente un ruido estremecedor se trajo abajo unos adornos de cristal de mi madre. Pensé que algún camión se había estrellado contra mi casa, pero no: la pobre Gisela también lo estaba viviendo.
Gisela: [Al teléfono] Ya, señito, ¿y en qué quiere participar? Temblor: ¡Broooom! Señito: ¡Temblor, Giselita, temblor! Gisela: No se preocupe, mi vida, tranquilita nomás... Temblor: ¡Broooom! Gisela: Ay no, sigue... Anunciador: ¡Yaaaa volvemos cooon: Alooooo Giselaaaa!
Mandaron a comerciales en el acto. Sin embargo nunca pude ver qué fue lo que pusieron al aire mientras duraba el temblor, porque mi madre llegó corriendo a sacarme de la cama para lanzarnos despavortidos a la calle, gritándome que corriera con los brazos abiertos por si se abriesen grietas abismales sobre la tierra. Hay que comprenderla, porque la pobre sufrió un terremoto atroz que derribó su colegio en Trujillo, allá por los años sesenta.
Por eso anteanoche, al sentir el temblor, me limité a echar un vistazo al pasadizo, rezando para que fuese un terremoto. Así tal vez mi abuela se asustaba tanto que le daba un paro cardíaco y se quedaba tiesa. No obstante, la Navidad aún está muy lejos para que ocurran milagros adelantados. |
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Ya soy prosti
viernes, octubre 14, 2005 |
Ahora que el sol comienza a disipar la bruma mañanera y se empieza de sentir un poco de calor a la hora de almuerzo, me he dado cuenta de algo horroroso. Acabo de saquear mi armario y descubrí que todas, TODAS mis camisetas son del año pasado. Necesito renovar mi guardaropa. Necesito escribir un libro para ser miembro del jet-set y para que me lleguen donaciones de prendas Lacoste por montones. La prostitución es la única solución viable e inmediata.
Anoche fui a visitar a Barbie Túrica, quien vive en un departamento de la Av. Pardo, y nada más salir me encuentro con un bello espectáculo a mitad de la calle. Alto, rubio, ojos celestes, unos treinta y pico de edad, visiblemente extranjero, esperando en la esquina por un taxi. Debió ocurrir un desliz en los mapas de la cotidianeidad, porque ningún taxista lo perseguía. Pensándolo bien, habría que echarle la cumpla a las complicaciones del horario (las nueve de la noche).
Mientras me colocaba los audífonos del discman, noté cierto movimiento entre un grupo de personas que circundaban al extranjero de rechupete. Una de ellas, mucho más impresentable que una empleada doméstica (pues según Adry existen empleadas de ascendencia italiana en Lima), se le acerca con un sigilo propio de una chica borracha buscando cerveza gratis en un concierto de la Carretera Central.
No obstante, antes rendir mis oídos ante el beneplácito de un disco de Camera Obscura, reparé en un cachorrito abandonado en la acera. Existe algo en los perros pequeños que me hacen recordar a mi novio. Ya sé que suena atroz decirlo de esta forma, pero es cierto, a veces reconozco su mirada en aquellos ojitos tiernos y desprovistos de malicia. Deslicé una mano en mi bolsillo, en busca de una moneda destinada a concederme, al menos, la probabilidad de escuchar su vocesilla durante unos 50 segundos, si lo llamaba desde un teléfono público.
Me acerqué a uno de esos nuevos teléfonos TELMEX (son en verdad divinos), cuando advierto un cuchicheo parecido al chamullo de amas de casa en tienda de abarrotes. Al girar la cabeza diviso al extranjero cerrando una transacción sexual clandestina, a razón de pago contra entrega, con la señorita de apariencia de empleada doméstica sin raíces italianas.
Si ellas pueden, ¿por qué yo no puedo? Mañana mismo empiezo a ponerle precio a mi culo. Se aceptan ofertas y dos por uno. |
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