Afterdates
martes, enero 24, 2006

Hacía mucho tiempo que no iba solo al Café Zeta. Tenía que volver a ir, para expiar demonios. No en vano fue nuestro café favorito. El Zeta tiene algo que me hace amarlo y odiarlo a la vez. Lo amo porque cada vez que paso por ahí, sea el día que sea, me encuentro con alguien. Y lo odio por su absurda decoración de miriñaques metálicos y sacos de café desperdigados por el suelo.

No obstante, ya que estaba caminando por Miraflores, fui al Zeta a tomar lo que acostumbro a tomarme cada vez que estoy por ahí en verano: un frappé de fresa. Me siento mariconsísimo con ese vaso cuelliforme, absorbiendo la espesa bebida con una cañita rosada. Sentado en una de las mesas de afuera, veía pasar absolutamente de todo: turistas, chicos indies, chicos regios, chicos feos, chicas anoréxicas y con cara de despaviladas.

Me parecía raro que hubiesen pasado más de quince minutos sin encontrarme con alguien, siquiera al paso. Deseaba hacerlo. Necesitaba alguien a quien mirar, alguien con quién conversar, alguien que pueda escuchar como el frappé de fresa era ingerido por mi paladar empalagoso. Pero NO. No había NADIE. Y extrañaba a todos.

Fue allí donde lo ví. Un chico guapo al fin, sentado con una chica en una de las mesas del frente. No obstante a ese chico, además de estar guapo, ya lo había visto antes: podría jurar que habíamos coincidido en alguna clase en la Universidad. Sí, cuando lo pensé mejor me di cuenta que así era, pero al mismo tiempo no podía ser. El chico que yo recordaba tenía mucho acné y usaba ropa, digamos, estrafalaria. Parecía haber mutado en un esbelto joven de piel blanquísima, porte espigado, bucles castaños sobre la frente y sonrisa encantadora.

Intenté cruzar miradas con él. Sin embargo, nunca me paró bola. Parecía estar disfrutando mucho de su conversación con la chica. ¿Sería su novia? Algo en mí me decía que debía conocerlo, debía entablar una conversación con él y saludarlo, al menos. No en vano habíamos llevado una clase juntos. Por su comportamiento podía deducir a leguas que era gay pero, ¿y si estaba equivocado?

No sé de dónde saqué el valor. El hecho es que cuando el chico y su amiga se pusieron de pie, yo lo hice al mismo tiempo y nos cruzamos atropelladamente en una de las barandas que separan la calle de la entrada principal. Extendí mi pie con la intención de que me obsequiara un premeditado pisotón, cosa que para mi sorpresa ocurrió.

Él: Disculpa.
Yo: No te preocupes. (Habla, puta madre, ¡háblale! ¡dile algo!)

Saqué a florecer la actriz de telenovelas que adormita en mi subconsciente.

Yo: Hey, yo a tí te conozco (¡Demonios, le hablé!)
Él: ¿Sí? Yo no me acuerdo de tí.
Yo: ¡Claro! Tú llevaste Dirección de Cine en el 2002-II con Augusto Tamayo.
Él: Ah, verdad, pero no me acuerdo de tí.
Yo: (Triste) Bueno...
Él: (Nervioso) Ella es mi amiga Sandra, pero ya se estaba yendo.

La saludé con cariño porque él se estaba poniendo un poquito borde. Parecía que lo estaba incomodando. Al final Sandra se fue y nos quedamos parados en la calle.

Él: Bueno, ¿para dónde te vas?
Yo: Para Benavides, ¿y tú?
Él: Pues para el Reducto.
Yo: Bueno, si quieres te hago la taba.
Él: Chévere.

En mi interior no dejaba de sobresaltarme ante lo fácil que había fluído la conversación entre los dos.

Él: Me parece que han cerrado el Valetodo.
Yo: (Sorprendido) ¿Vas al Valetodo?
Él: Sí, a veces, con algunos amigos.
Yo: Yo voy una vez al año.

Era obvio que me había dado pie a hacerle la pregunta del millón de dólares.

Yo: ¿Eres gay?
Él: No, soy bisexual.
Yo: Ah.
Él: Oye es raro, no me acuerdo de ti en la universidad. Haz cambiado harto.
Yo: Bueno, es que también era un poco retraído. Me sentaba al fondo con mi amiga Ana Conda.
Él: Ah, sí la recuerdo, eran bien callados ustedes.

No pude responderle otra cosa. Ese chico me gustaba y quería proponerle algo más, deseaba aventurarme, sólo por el hecho de echar a andar mi adrenalina. Él me miró de reojo y me dijo: "te ves mucho mejor ahora" con una sonrisa sincera, y lo tomé como un cumplido. ¿Me estaba coqueteando? Me lancé.

Yo: Pues tu me parecías simpático cuando estábamos en la universidad, pero nunca me imaginé que eras gay.
Él: Es que alucina, en ese tiempo estaba con novia. Ahora ya no.
Yo: Ah, qué bien.

Llegamos a Vivanda. Finalmente tendríamos que separarnos.

Yo: Discúlpame, no sé ni tu nombre.
Él: Giovanni.
Yo: Mucho gusto.
Él: Igualmente.
Yo: Si quieres mañana podemos tomarnos un café. ¿Te parece?

Giovanni me miró raro.

Él: Si gustas, pero mañana no puedo, tengo una clase.
Yo: ¿Aún estudias?
Él: No, estoy enseñando italiano.
Yo: ¡Ala, qué bacán!
Él: Mira, ¿por qué no salimos pasado mañana? Es que no quiero que vayas a pensar que quiero chotearte.

Lo amé.

Yo: Yo no pienso nada. Me encantaría que podamos salir pasado mañana.
Él: Bueno, te doy mi MSN. Nos encontramos por ahí y quedamos, ¿te parece?
Yo: Perfecto.

Me escribió su correo electrónico en un papel y se alejó presuroso por La Paz. Sentí que algo estaba bien en mi interior. ¿Acababa de conseguir una cita con él? No estaba seguro si era una cita. Para eso, voy a tener que comprobarlo. Deséenme suerte.

Posteado por Cyan a las 8:58 a. m.
 
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